lunes, 8 de febrero de 2016

Luces y sombras

Aquella mañana se levantó con hambre. Con hambre de algo grande, de comerse el mundo. Siempre supo que tenía una luz, que hacía brillar por donde pasaba, pero ella, siempre tan inestable, temía fallar, temía que su luz se apagara o que dejara de alumbrar con tanta potencia.
Y llegó el día.
El día que casi se apaga por completo. Al final el propio miedo -siempre el miedo...- a que su luz se apagara fue el que la hizo casi desaparecer para sumirse en su nuevo ambiente lúgubre y gris.
 
Pero aún había matices.
Y volvió de nuevo a iniciar el bucle de recomponerse, aquel que ya estaba acostumbrada, pues la vida no le fue fácil. Llegó el día, que parecía una mañana cualquiera pero que sólo un pensamiento hizo cambiar el rumbo de su vida.
Se levantó y eligió vivir con colores, con tonos diferentes al gris, eligió hacer lo que tenía muy dentro de sus entrañas y la llamaban a gritos sordos, y ella, en su inmensidad antes gris, no podía oír.
No podía o no sabía como hacerlo, pero eligió aprender a saber hacerlo. Lo eligió, y trabajó duro para romper el bucle de la tristeza, y la luz fue apareciendo en su mirada, como un pequeño destello, como una estrella fugaz herida que dura unos segundos.
Ella lo tuvo claro. Era su propia luz, y tenía potencia para alumbrarlo todo.

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