Quedarme sentada ante el gris marmóreo del banco que hay dos calles más lejos de mi casa, y verte como, con una simple sonrisa le das mil vueltas a todos. Todos esos que presumen de superficialidad, que se gastan los cuartos en gimnasios pútridos antes que en un libro de Bécquer. Todos esos.
Todos esos que no saben disfrutar de una noche en vela con un café y una música tranquila de fondo- o cualquiera, al fin y al cabo la música es lo de menos-y mil cosas que contar. Todos esos que no pensarían en mí y mis errores y aún así seguirían sonriendo al verme caminar alocada hacia el bus, todos esos que no me taparían con una manta cuando hubiera caído dormida, todos esos que no valoran los pequeños aunque terriblemente enormes "pequeños detalles", todos esos que nunca estarían, porque hay que estar.
Podría quedarme en el gris de la calle un trillón de años observando esa barba movediza que con tus palabras se queda callada, podría quedarme viéndote, aunque fuera alejarte para siempre y sentir como se rompería el corazón, podría decirte de nuevo que ya nada sería igual. Podría.
De nuevo, quedarme sentada viendo como con tus gestos puedes derrumbar un árbol caído-ya es difícil seguir derrumbando algo que se ha caído-. Admirando un semblante que parece tranquilo pero que por dentro está lleno de nervios, nervio ansioso, nervio puro, imparable. Admirando no se qué, y eso es lo peor.
Cuando sabes que alguien te gusta y te gusta por su inteligencia, es admiración, no es amor. Cuando te gusta alguien por su físico es atracción, no es amor, y lo peor, cuando después de darle mil vueltas al porqué te gusta alguien y no sabes el porqué, entonces, empezaremos a hablar de amor.
Cuando puedo encender la radio mientras conduzco y suena la música que suena, y que no es otra, porque siempre es ésa. Y la reconoces, y nada más que puedes pensar en esa fila de dientes perfectamente estructurados, en su sitio, imperfectos, tal y como me gustan. Si, imperfectos, como yo y como tú, y como todas las personas libres del mundo.
Es curioso, es muy curioso que cuando por fin entiendes algo de ti, estás solo, pero es una soledad que disfrutas y por eso no quieres a nadie más en tu temida burbuja. Incluso en esa circunstancia te escogería a ti para acompañarme hasta que el sol deje de dar calor a La Tierra y hasta conocernos mutuamente hasta el desasosiego.
Es esa jodida autonomía de los dos que hace que no tengamos que estar juntos para querernos, que hace que sepamos que nos amamos a pesar de todo, que hacemos cosas cuando queremos y como queremos y siempre nos escogemos, sin trifulca, por simple elección.
Aunque el frío hielo me llegue a quemar la piel, dudo que cambie de idea. Dudo que me incline a pensar otra cosa, porque como dudo, pienso y como pienso, soy. Y no hay nada mejor que ser uno mismo para elegir a otro-como tú- que comparta el camino, y, aunque aún no he elegido, siento que me voy acercando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario