lunes, 18 de abril de 2016

Y cuando por fin aflojé las presiones las aflojé del golpe, sin frenos. Pude verme en cámara lenta derrumbarme. Fue entonces cuando comprendí que no se puede poner un dique a los sentimientos, un dique perfectamente construido -del que había estado orgullosa tanto tiempo-.

Aquella presa no había hecho otra cosa sino separarme del calor, volverme fría y etérea, no por encima de los demás, aún peor, tan cerca, a la vez, que podía ver las luces cálidas y sin embargo no sentir nada.

En aquel momento fue cuando me di cuenta de la careta que me había implantado, de felicidad irreal, sólo viviendo de excusas y de sueños, sin vivir o luchar por vivir la realidad. Por eso lo supe, por las lágrimas, ya que en el momento en el que el dique se derrumbó, y yo con él, las lágrimas no se retuvieron en el ojo, salieron disparadas como el río que sale de su cauce, imparables, imposibles de serenar.

Y me sentí viva, llorando y pensando un cambio en mi.
Me sentí viva y pedí al universo fuerza y tesón.
Me sentí viva y triste, pero al fin y al cabo viva y con suerte de tener esa posibilidad.
A veces es bonito que te arrinconen contra las cuerdas y hagan elegir a tu subconsciente entre las dos reacciones más primarias: luchar o huir.

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